
Turquía ha vuelto a colocar en el centro de la agenda bilateral con Estados Unidos el tema de las sanciones impuestas en 2020, derivadas de la compra del sistema antiaéreo ruso S-400. Desde Ankara sostienen que el conflicto ha frenado proyectos estratégicos dentro de la OTAN y ha debilitado la cooperación militar entre dos aliados que, en teoría, comparten objetivos de seguridad regional. El canciller turco, Hakan Fidan, afirmó que existe trabajo en marcha con Washington para buscar un mecanismo que permita aliviar o levantar esas sanciones antes de las elecciones de medio término en Estados Unidos previstas para noviembre.
La declaración sugiere que la negociación no se limita a lo técnico o militar, sino que también busca aprovechar una ventana política que podría facilitar decisiones sensibles. Las sanciones fueron aplicadas bajo el marco legal estadounidense conocido por castigar adquisiciones militares relevantes provenientes de Rusia. En el caso turco, la medida fue interpretada como una señal de que Washington no aceptaría que un miembro de la OTAN integrara un sistema ruso considerado incompatible con los estándares de defensa occidentales y, además, potencialmente riesgoso para tecnologías aliadas.
Como consecuencia de esa disputa, Turquía fue apartada del programa de cazas F-35, una de las decisiones más costosas para Ankara en términos militares e industriales. En Turquía se sostiene que el país no solo fue excluido injustamente, sino que también se cortó su participación en un proyecto en el que había invertido recursos y había desarrollado componentes dentro de la cadena de producción. Desde entonces, ambos gobiernos han explorado alternativas para destrabar el conflicto, incluyendo fórmulas que permitan restablecer algún tipo de cooperación en materia de defensa y compras militares.
Sin embargo, el progreso ha sido irregular y, en varios momentos, las conversaciones se han estancado por falta de confianza y por presiones internas dentro de cada país. Aun así, en Ankara crece la expectativa de que este año pueda aparecer una salida negociada. Parte de ese optimismo se apoya en la relación política relativamente fluida entre el presidente estadounidense Donald Trump y el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, lo que abre la posibilidad de un entendimiento más pragmático, incluso si existen resistencias en distintos sectores del aparato de seguridad. El tema, sin embargo, no depende únicamente de la voluntad bilateral.
Fidan sugirió que existen actores regionales que ven con recelo cualquier escenario en el que Turquía recupere acceso a capacidades militares avanzadas. En su lectura, algunos gobiernos preferirían que países de la región no amplíen su margen de maniobra tecnológica o estratégica. En ese contexto, el canciller señaló que Israel se opone a que se levanten las sanciones, especialmente si el resultado final acerca a Turquía a la posibilidad de adquirir nuevamente los F-35. La afirmación añade un componente geopolítico importante, porque conecta la negociación con un entorno regional marcado por tensiones crecientes y por disputas sobre poder aéreo y equilibrio militar.
La relación entre Turquía e Israel se ha deteriorado de forma marcada tras los acontecimientos en Gaza, con críticas cada vez más duras desde Ankara. Esa confrontación política puede estar trasladándose ahora al terreno de la influencia y la presión diplomática, complicando decisiones que, en teoría, pertenecen al ámbito bilateral entre Estados Unidos y Turquía. Para Washington, cualquier movimiento sobre las sanciones implica costos y beneficios. Por un lado, aliviar la presión sobre Turquía podría mejorar la cohesión dentro de la OTAN y reducir fricciones con un aliado clave en una región estratégica.
Por otro lado, hacerlo sin resolver el núcleo del problema del S-400 podría generar rechazo en sectores políticos y de defensa, además de tensar equilibrios con otros socios. En las próximas semanas, el foco estará en si ambas partes logran diseñar un “puente” que permita avanzar sin que ninguna pierda demasiado terreno político. Si no aparece una fórmula creíble, la discusión podría continuar indefinidamente, manteniendo a Turquía en una zona gris entre su rol histórico dentro de la OTAN y sus decisiones estratégicas que han desafiado a Washington.